Memoria del exilio de Joaquín Varea Queralt

Joaquín Varea Queralt. Fotografia de Francesc Durà


1. Introducción


El testimonio que se presenta en este trabajo sigue el planteamiento de historias de vida. El exilio es el hilo conductor del relato con el eje temático de la guerra civil española y la posguerra en primer plano, más la confluencia de la segunda guerra mundial. Todo ello vertebrado a través de un recorrido vital. Es el relato de una vida personal que mira al mundo desde su propia subjetividad, con un deseo de objetivar y con las contradicciones propias surgidas entre los modelos sociales y sus propias vivencias personales. En este sentido va poniendo nombres y significado al silencio y a la represión de tantos años con todo un mundo de ideas y valores. Nos muestra el significado de unos hechos y su interpretación en un contexto socio-histórico. Es un rostro más del exilio, una memoria viva con sus complejidades psicológicas.

El relato a pesar de ser una expresión individual de acontecimientos y vivencias personales, observamos que no es arbitrario, en tanto que en él existen elementos que permiten analizarlo dentro de unas estructuras con sentido. Derivan también del contexto en el que se encuentra el sujeto, su cultura, su ideología que configuraron su identidad social. Por otra parte de forma paralela, se manifiesta el intento de aproximación a la imagen que desea dar de si mismo. Se mueve entre los ejes referenciales que han fundamentado su trayectoria vital, que son los modelos sociales hegemónicos y las experiencias vitales que les han acompañado.

El momento de la vida en que se realiza este relato lo determina como de tipo balance, donde se transmite una experiencia y una visión madurada de un sistema de valores. La evocación en esta etapa de la vida, asume un papel terapéutico a manera de revisión de vida, de recuerdo del pasado y en ocasiones esta evocación puede enfrentar a la persona con los problemas de toda una vida, de cómo se afrontaron y como se superaron. La queja pone de manifiesto un malestar psíquico de una autoestima herida así como la manifestación de sentimientos de desamparo y a más la dificultad ante la necesidad de transmitir aquella atmósfera de vida.

La evocación en estos momentos tiene una función más desarrollada y más significativa pudiendo ir más allá del recuerdo individual. Es también la denuncia social de una minoría con la manifestación y reivindicación de sentimientos de injusticia y de una dignidad herida.

Después de muchos años de silencio los vencidos empiezan a contar sus historias personales, todavía con cierta prevención. Manifiestan públicamente su identidad personal, tal como lo hizo Joaquín por vez primera aquel diciembre del 2003 en las primeras Jornadas de Memoria Histórica en Castellón, hace ahora 6 años.

1.1. Datos biográficos

Joaquín Varea Queralt nace en Francia en la localidad de Boujan el 22 de junio del 1922. Sus padres son hijos de inmigrantes de la época de Primo de Rivera, que vuelven a España poco antes de la II República española. Se establecen en Almassora que era su pueblo natal en la provincia de Castelló de la Plana. Su familia en el pueblo es conocida por la rama de Queralt y sus apodos. Así a su abuela se le llamaba Maria “la caragola” y a su madre le llamaban “la belga”, porque había estado en Francia.

La guerra civil española primero y la guerra europea después, serán determinantes en el curso de la vida de Joaquín. Ellas precipitaran una serie de acontecimientos provocando experiencias vitales y toma de decisiones dolorosas. El desasosiego y la afirmación de la identidad personal configurarán toda una trayectoria de vida. Será una persona activa, y sus inquietudes le conducirán a sumergirse en la cultura francesa de la época, a la par que vivirá apasionadamente el mundo de los exiliados republicanos en Francia. Asociado al Partido Socialista en el exilio participa de manera continua en sus asambleas en Toulouse y de los acontecimientos políticos vinculados a los dos países.

Como él expresa en reiteradas ocasiones, siempre se sintió algo extranjero allá donde quiera que estuviese según el momento de su vida participando tanto del exilio exterior como del interior. En el año 1996 regresa definitivamente a España tras un periplo que le conduce finalmente en su segunda huída a Francia a un exilio de más de 30 años.


2.- Significado del exilio


Este es el relato del éxodo a Francia de una mujer y su hijo, vivido como una tragedia personal y perdido entre aquellos 450.000 fugitivos, hombres mujeres y niños que dejaron España cruzando los Pirineos. Es difícil contar una historia de vida cuando el protagonista desea poner cierta distancia, tal vez por los años, para recordar y recomponer con espíritu crítico, intentando buscar la parcialidad de los hechos, así como revivir las heridas olvidadas. Pero…. ¡como olvidar!…sí..el tiempo pasó, pero el trauma quedó. El recuerdo de una madre que tanto hizo para salvarnos de una guerra. Como poder expresar los sentimientos ocultos a lo largo de muchos años de aquel exilio que cambió nuestras vidas. Eternos exiliados en todas partes, perdida nuestra juventud, nuestro hogar y nuestra identidad. Sentir la vivencia del exilio como el fracaso de un proyecto de vida que no se pudo desarrollar. Me siento un niño republicano de la guerra y no puedo renunciar a mi identidad, ni negar aquel pasado.¿Tiene caducidad el exilio? ¿ regresar es una ilusión?. El exilio es para mí sentirte extranjero, así te lo recuerdan desde fuera, y buscas la relación con los tuyos para sentirte mejor. No sabes lo que la palabra país significa: nostalgias olvidadas, abstracciones de una realidad a donde volverás no sabes cuando. Mientras, vas creando tus propios vínculos con ese país circunstancial, con su sensibilidad y sus costumbres.

Pensaba que el sentido de aquel exilio era la caída del régimen de Franco y la restauración de la República que nunca se pudo alcanzar. A pesar de no ser así, quiero pensar en la aportación de los exiliados a los países de acogida, en la transmisión a los hijos y nietos de lo que encarnaba la República. Pensar que quizás ello pudiera contribuir a facilitar el proceso de transición, aunque no fue lo que deseábamos la mayoría de los exiliados. El Estado Español tiene una doble deuda con los exiliados: una, admitir lo qué fue y significó el exilio de 1939, y la otra, recuperar para su patrimonio cultural las importantes aportaciones a la cultura y a la ciencia en los países de acogida.


3. El éxodo a Francia 1938


3.1 Infancia en Almassora

Todo empezó aquel año de 1936 en que con 11 años ingresé en el Instituto Ribalta para cursar el bachiller. En aquellos años solo la clase privilegiada tenía la posibilidad de acceder a estudios secundarios. Yo era hijo único y mis padres aunque de condición modesta querían que “fuese alguien”, pero no fue posible porque la guerra lo destruyó. En 1938 los bombardeos en Castellón eran cada vez más frecuentes. La aviación y la marina de Franco, las sirenas y las alarmas no cesaban y estábamos aterrorizados. No les importaban los objetivos, no creo que nunca se haga justicia sobre tanto dolor y tantos muertos inocentes. Mis padres se habían conocido en Francia en el 1917 y allí se casaron. Yo nací en aquellas tierras que luego serían el lugar de tantas complicaciones. Allí también vivieron mis abuelos; fue el producto de la inmigración valenciana durante la Dictadura de Primo de Rivera, a causa de la miseria que se extendía por estas tierras valencianas. La falta de brazos en Francia por la cantidad de muertos de la primera guerra mundial facilitaba la emigración. Mis padres volvieron a España antes de la llegada de la República en el 1931 y yo ya había nacido allí en Francia.

Recuerdo mi primera escuela de enseñanza primaria, aquel día en que el maestro se subió encima de una silla para descolgar el retrato de Alfonso XIII. Nos quedamos atónitos por lo que hacía, nos dijo que estábamos en una República y nosotros no comprendíamos nada más que nuestra alegría porque aquel día no tendríamos clase. Pero aquello se me quedó grabado y nunca lo olvidé; era el 14 de abril de 1931. Se iniciaba una de las experiencias políticas y sociales más esperanzadoras de nuestra historia.

En el pueblo de Almassora donde vivíamos se produjeron acontecimientos de los que fui testigo ocular en aquel proceso revolucionario del 1936 al 1939. Se trataba de las colectividades o proyectos libertarios para socializar las tierras. Aun quedan hoy en día testigos que fueron enemigos de ellas. Se aplicaba a las propiedades más importantes, expropiándolas en beneficio de los trabajadores, en un intento de solidaridad y con el fin de integrarlos al mercado del trabajo de una manera eficaz. La situación era desesperante ya que existía un paro endémico. Estábamos en guerra, había una sublevación militar con frentes de batalla y los bombardeos. En el pueblo las condiciones de vida eran duras, recuerdo que en el llamado “Raval” se reunía una muchedumbre de hombres jóvenes que iban a ver si los contrataban para seis o ocho horas según el tipo de trabajo. Hacían círculos de tres o cuatro esperando que viniese el capataz de las fincas. Los que eran más jóvenes tenían alguna oportunidad. Los mayores de 50 años tenían escasas oportunidades. Ellos rogaban por favor. Las necesidades de aquellos padres de familia eran extremas. El problema era importante para el gobierno de la República, ya que no se hizo a su tiempo la debida reforma agraria.

El proyecto de Azaña en su programa político fue demorado demasiado tiempo. El pueblo estaba sediento de tierra, la tradición anarquista de la colectivización era gravosa para las haciendas y suficiente para alimentar una propaganda por la derecha sobre el bolcheviquismo del estado. Las reformas de Largo Caballero fueron importantes pero quedaron por debajo de aquello a lo que aspiraba el proletariado y surgió la guerra que estaba allí encima de todos. El sufrimiento y las injusticias sociales por la miseria en que se vivía y la religión que estaba involucrada en la política de una manera descarada y abusiva, todo ello no podía desembocar en nada bueno. Yo como un niño más de aquellos que deambulaban por las calles recuerdo aquel día en la plaza del “Convent” donde la gente observaba aquel espectáculo de una hoguera intensa de llamas y humo, con varios hombres que la alimentaban con cuadros, cruces y santos de la sacristía de la iglesia del Calvario y del convento de las monjas, que ya habían sido expulsadas tiempo atrás. Aquello fue el comienzo , después vinieron algunas ejecuciones.

Cerca de mi casa vivían unos familiares nuestros. Uno de mis tíos participaba en las reuniones de los comités revolucionarios. Frecuentaba mi casa y nos daba información actualizada sobre los acontecimientos de mi pueblo. Me tío me decía que si estudiaba el bachiller, ya debía de saber la lucha de los anarquistas contra el capital y la Iglesia, él decía así: los anarquistas queremos un comunismo libertario, somos libres pensadores y combatimos la religión porque los hombres matan por un dios. Creo que lo que me contaba lo hacia como una retahíla que se había aprendido. En otra ocasión me dijo, que él era un analfabeto y tenía pocas posibilidades de tener un cargo. A los pocos días ocurrieron unos graves sucesos a las afueras del pueblo, camino del cementerio. Por la noche habían sido ejecutadas tres personas. Este acontecimiento a nuestra edad era un espectáculo horrible. Vimos como cargaban los muertos. Se lo conté a mi madre, ella ya lo sabía. Mi tío no había participado en ello, ¡suerte cuando me enteré!. Después mis tíos anarquistas se fueron al frente. Uno de ellos, el mayor de los tres hermanos que eran, logró escapar y me lo encontré al pasar un tiempo en Francia, tal como relato más adelante. El pequeño estuvo en prisión y el mediano, Juan Vidal Paul cuando volvió a Almassora fue fusilado el 13 de enero del 1941, tenía 37 años y era padre de cuatro niñas. Su esposa fue encarcelada.

3.2 La huída

Mi madre aterrorizada por los bombardeos solo pensaba en huir de Castellón. Ella hablaba francés correctamente y no veía otra salida que escapar a Francia. Mi padre no estaba de acuerdo pero al final se resignó ante aquella aventura comprometida y así abandonamos el hogar. Mi madre tenía valentía , juventud y fuerza. Consiguió a duras penas que mi padre la dejara marchar. La obstinación de su mujer le venció. No nos fuimos con el tren, tal vez no habían billetes, nos fuimos en un camión dirección a Barcelona, aquella mujer joven y un niño pidiendo auxilio, en una odisea, hasta poder llegar a la Junquera. Francia en sus Pirineos orientales no estaba preparada para recibir aquella avalancha humana. Una oleada de refugiados llegamos a la estación de Béziers, una ciudad conocida por la emigración durante años en la época de la vendimia. Allí acabó el viaje para muchos yendo a parar al campo de concentración de Agde a pocos kilómetros.

Habíamos huido de la guerra pero una nueva situación se desencadenaba. Mi madre no me soltaba de las manos, ya que había una separación de los hombres y las mujeres aunque yo aún era un niño. Todos estábamos cansados y asustados. Nos repartieron comida y agua. Los gendarmes nos pidieron nuestra identificación, nosotros teníamos el libro de familia francés, además de dominar mi madre el idioma, sin embargo estábamos allí cautivos. Nos habían llevado a unos almacenes situados al lado de la estación, les llamaban “le DOCS meridionaux” (depósitos de mercancías de los ferrocarriles). Estábamos todos apretados como el ganado. ¡Cuanta angustia pasamos, cuanta necesidad!. Béziers capital del vino podía tener en aquellos años 45000 habitantes. Al llegar el éxodo de refugiados cundió la voz y el partido comunista que era numeroso en aquellos momentos y los españoles residentes allí acudieron en masa con alegría y vivas a la República. Pero duró poco, los gendarmes pusieron orden y se dispersaron. Nuestra moral estaba muy quebrantada, teníamos constantemente la idea en la cabeza de ir a parar a un campo de concentración. Tal vez mi madre en aquellos momentos pensó que había sido un error abandonar su hogar, su marido y sus padres, a los que tardaríamos años en volver a ver. Era una derrota total. Allí en los almacenes estuvimos cinco días aquella muchedumbre de mujeres y niños, ya que los hombres estaban separados, algunos malheridos los habían llevado al hospital. Conocimos a un hombre que había perdido su brazo a causa de una herida gangrenada, producida en uno de los últimos combates de la retirada en Cataluña. Era de Toledo y en broma le llamábamos “el manco de Lepanto”. Así terminaron muchos combatientes de la República.

Como allí acudía mucha gente a traernos comida, a darnos ánimos hasta el punto que los gendarmes tuvieron que reforzar la guardia, mi madre aprovechaba para contactar con habitantes del pueblo de Pézenas situado a 18 kilómetros de allí y poder avisar de este modo a nuestros familiares. Además seguía insistiendo en nuestra situación anterior de inmigrantes y su origen francés, pero la respuesta de los gendarmes era ¡a callarse! “ taisez vous”.

Todos estos recuerdos que conservo es todo aquello que mi madre me relataba y que al pasar los años unos se borran y otros más o menos trágicos se amontonan. “La France” era entonces un lugar extraño para mí, lo recuerdo con dolor y sin el consuelo de amigos de mi edad. Los españoles no entendían el francés y mi madre hacía de intérprete. Todos ansiaban saber el destino que les esperaba, se sentían desprotegidos y con la incógnita de saber que sería de ellos. ¿ Qué nos esperaba en el exilio? ¿era el preludio de algo peor?.

Pero había que soportar con dignidad y entereza aquella situación. A pesar de los estremecedores pensamientos, de los lloros por las separaciones de los seres queridos. Aquel lugar más bien parecía un hospital psiquiátrico con sus gritos y lamentaciones. Mi madre seguía mostrando su libro de familia y explicando a las autoridades que ella no era una refugiada, que su hijo era francés y venía a reunirse con su familia. Pero nos seguían tratando como refugiados indocumentados…¡y no era verdad!. Nos consideraban peligrosos porque había toda una campaña de desprestigio de la derecha francesa. Aquello era un valle de lágrimas y de humillación. Hacía frío y nos dieron comida y mantas.

La policía francesa puso una lista para todos los que quisieran regresar a España. Fueron bastantes los que ante aquella indigencia se apuntaron. Pero no era este el caso de mi madre, ella conocía aquellos lugares y a pesar de todo vivía con la esperanza despierta. Mi padre se había quedado en Valencia trabajando en la estación en carga y descarga militar y afortunadamente se encontró allí con familia, lo que palió su soledad. Cuando pudimos saberlo nos tranquilizó mucho, porque habíamos estado mucho tiempo sin saber de él. Al quinto día de nuestra estancia en los almacenes se rumoreaba que nos trasladarían pronto de allí. Ignorábamos que se estaban preparando unos campos de concentración a pocos kilómetros.

Pero llegó el día que esperábamos, una voz entre el gentío amontonado en aquellos almacenes de trágica memoria, se abría paso gritando ¡Antoinette, Antoinette! y entre aquel tumulto y vocerío llegó hasta nosotros. Una mujer logró abrirse camino suplicando, a la vez que explicaba ser familia de unas personas internadas allí y a la par que enseñaba su documentación. Conseguimos aproximarnos a ella siempre acompañados de un gendarme. Así llegó mi tía Teresa a sacarnos de aquel infierno, lo que hizo mediante la tramitación de papeles en las oficinas, donde además la interrogaron para conocer su situación: su identidad, medios de vida y donde tenía la residencia. Mi tía era viuda de un hermano de mi padre inmigrantes del año 1914 y se comprometió a darnos cobijo y manutención en su casa. Vivía en Pézenas, una población de viñedos de tal vez unos 3000 habitantes, en la que nació Moliere. Nos hicieron entrega de un salvoconducto como documento de identidad, que tenia caducidad en una fecha determinada. Se llamaba el “resse pisse”. Así salimos de aquel túnel.

Tengo grabado en mi memoria aquel olor a pan en Pézenas cuando salimos de ,los almacenes y caminábamos por sus calles. Nos fuimos integrando en el pueblo, mi madre se puso a trabajar y yo también a mis 14 años. Me buscaron una empresa de construcción y trabajé de peón de albañil, aquello fue terrible y muy penoso para mi. Por las noches le enseñaba las manos a mi madre, se me hacían callos, e hinchazones que me lavaba con agua y sal. Alquilamos una bici para ir a trabajar en aquellas mañanas de invierno. Trabajaba sin ninguna autorización oficial en una empresa de inmigrantes españoles afincados allí. Ellos decían hacer un acto de solidaridad con los refugiados, pero lo cierto es que nos explotaban.

Aquel año de 1938 fue un año de acontecimientos políticos en Europa. Si ibas al cine en las actualidades te informaban del pacto de Munich de Hitler, Chamberlain y Daladier, un documento firmado relativo a las minorías de Alemania y Checoslovaquia llamado “los sudetes”. Se reconocían “ di facto” como colonias alemanas y se pensó que de este modo estaba firmada la paz con Alemania, pero fue un engaño, una farsa de Hitler. Inglaterra bajo la amenaza de un conflicto con Alemania firmó la no intervención en la guerra civil española y el cierre de la frontera a los republicanos, en caso contrario no contaría con ayuda si estallaba la guerra. De esta forma se acabó también la ayuda militar de Francia a los españoles republicanos. Pensábamos en España, en que condiciones se viviría. Yo no estaba integrado con gente de mi edad, no hablaba bien el francés y no tenía amigos. No pensaba que el exilio duraría tanto y me invadía la nostalgia y la melancolía. Tampoco sabíamos nada de mi padre y de mis abuelos. Nos enterábamos de los combates, de la llegada de las tropas de Franco por el mediterráneo y la pérdida de Castellón; de cuando Juan Negrín era el presidente del Consejo de ministros y el general Vicente Rojo preparaba la batalla del Ebro. Imaginábamos la cantidad de refugiados que provocaría esta tragedia. Más tarde nos contaron como nuestra familia tuvo que huir bajo las bombas por aquellas carreteras hacia Valencia buscando refugio. Nos llegaban por la radio las malas noticias pero teníamos esperanza. Algunos franceses, no todos nos miraban despectivamente. Cada treinta días teníamos que acudir a la Comisaría de Policía a renovar nuestros papeles de refugiados.

3.3 Béziers

Luego nos trasladamos a la población de Béziers. Era más grande y no había tantas miradas extrañas como en el pueblo de Pézenas. Yo trabajaba en una fábrica de zapatos. Nadie te conocía sino es que ibas a la colonia española, en ella habían muchos catalanes. Nos fuimos acostumbrando a aquella vida nueva para los dos con nuestro salvoconducto que caducaba cada tres meses. Seguía sin tener valor el que fuera nacido en Francia a pesar de que mi madre lo seguía manifestando constantemente a los inspectores de policía. Era español, cuando tuviera veinte años podría entrar en filas y cumplir el servicio militar. Solo entonces podría ser un ciudadano francés. No encontraba ningún trabajo en el que me sintiera bien. Se aproximaba el invierno, nuestra economía era frágil y había que comprar para abastecerse. Seguíamos con nuestras relaciones con españoles, siempre deseando tener noticias. La inquietud reinaba en todos nosotros, presentíamos la gravedad de la situación y no era para menos, el tiempo nos dio la razón. En el centro de la ciudad de Béziers en el paseo de “Les allées Paul Riquet” estaba la redacción de dos periódicos, “Midi Libre” y “L’Eclair”, el primero de tendencia liberal, el segundo de derechas. En sus escaparates estaban los comunicados sobre nuestra guerra civil, unos favoreciéndonos a los republicanos, otros eran partes franquistas victoriosos que nos dejaban inquietos por el contenido de su información. “L’Eclair”, también conocido por “El Relámpago” favorecía a los franquistas, con su contenido de comentarios contra los republicanos provenientes de los corresponsales de Burgos, que nos producían un gran malhumor.

Joaquín y su madre. Béziers, 1941.

Los españoles refugiados en Béziers teníamos relación con el partido comunista francés. En París manifestaba su defensa de la República, se sabía que se jugaba mucho en la guerra civil española. Hubieron diversas agrupaciones que ayudaron a los refugiados españoles, así los cuáqueros de Gran Bretaña y Suiza que formaban una comisión internacional. Teníamos cierta vergüenza al principio ante su ayuda pero la necesidad obligaba. El gobierno británico del conservador Chamberlain temía el triunfo del comunismo y arrastró a la no intervención al gobierno francés de izquierdas de León Blum. Francia se encontraba profundamente dividida por la amenaza de una segunda guerra mundial como el tiempo fue testigo. La República española fue abandonada. Se decía que el ejército francés se apresuraba a cerrar la frontera. Solo los civiles podrían pasarla.

3.4 Los campos de concentración

Ya se estaban preparando los campos de concentración. Improvisados en las playas en un país que creíamos amigos. Iban poniendo alambradas como ratoneras contra el mar sin salida y estaban vigilados por senegaleses. Los primeros campos de concentración en el mediterráneo fueron el de Argelés y le de Agde. El primero, el más importante por la densidad de refugiados. Allí los prisioneros carecían de los mínimos necesarios para vivir. Otros campos eran Saint Ciprien, Barcarès, Arles-sur-Tech, Prats de Molló, Setfonds y Gurs.

Argelès-sur-Mer [Francia, marzo 1939]. Fotografia de Robert Capa

El partido comunista y la colonia de españoles no tardaron en movilizarse. Los sábados y domingos una multitud de gente acudía en masa a los campos para ver a los prisioneros y a asistirlos. Nosotros también íbamos y nunca con las manos vacías. Era asombroso ver a aquellos jóvenes alzando sus brazos por encima de las alambradas. Carecían de todo, de jabón para lavarse, sellos para las cartas, papel, tinta, ropa. Yo tenía 14 años y aún no he podido olvidar a aquellos derrotados de la República, tal vez no vencidos en sus ideas. Conocimos a un grupo de valencianos, eran de Villareal, voluntarios de un batallón que habían logrado escapar de compañías de trabajo. Les dimos a un par de ellos nuestras señas y cuando uno logró escapar en septiembre del 1939 fue a parar a nuestra casa. Se llamaba M. Esteller, años más tarde volvió a su pueblo natal Villareal donde falleció. Erámos su familia, él era un republicano socialista honrado que luchó por sus ideales, un intelectual y gran amigo mío que sufrió mucho por los derroteros de Francia. Otros terminaron en la legión y fueron a la guerra de Indochina, ya que habían tenido noticias de las ejecuciones de los que habían regresado a España. No me cansaré nunca de recordar aquel éxodo republicano hacia Francia y de cuando nos informaron de la muerte del poeta Antonio Machado en la población de Conlliure el 22 de febrero del 1939, así como la de su madre pocos días después. Mi madre me tenia muy controlado siempre por miedo a que me encerraran en un campo. Prohibieron las visitas y los autobuses a los campos. No querían que aquella tragedia se hiciese pública por ser una vergüenza para los franceses y sus políticos.

Me siento anciano para recordar toda aquella odisea que fue el año 1939. La retirada de las Brigadas Internacionales hacia la frontera de Francia tras sus combates para proteger a la población civil y a las fuerzas republicanas. En Barcelona se cubre la avenida de la Diagonal con flores al paso del desfile de despedida. La Pasionaria Dolores Ibarruri les pide a las mujeres españolas que cuando los años pasen y las heridas se vayan cicatrizando cuenten a sus hijos lo que fueron las Brigadas Internacionales. Como lo abandonaron todo y vinieron a decirnos: la causa de España, es nuestra causa. Vinieron 35000 voluntarios de los que murieron en este suelo 10000,de ellos 30 yacen en el cementerio de Benicàssim en Castelló de la Plana.

3.5 La guerra mundial

En septiembre del 1939 estalló la segunda guerra mundial. El gobierno francés reconoció al gobierno de Franco y este a su vez presionó para que regresaran los españoles vencidos y juzgarlos. Estos acontecimientos políticos estaban en la atmósfera del campo de Agde en el verano del 1939.Terminó con voluntarios para las compañías de trabajo, eso, o el regreso a España. Así se formaron las compañías obligatorias militarizadas . Muchos se fueron a Bélgica y otros a la línea de fortificaciones Maginot cerca de la frontera alemana. Dependían del Ministerio de guerra francés y trabajaban para industrias militares en el reforzamiento, o construcción de canteras y también en tareas agrícolas. Se les daba un sueldo miserable y el trabajo se realizaba en condiciones durísimas, mal vestidos y mal calzados, sufriendo hambre y frío y alojados en establos, edificios ruinosos y siempre vigilados so pena de volver al campo de concentración. Estas brigadas tuvieron mala suerte y a finales del 1940 la rendición de Bélgica los dejó atrapados por el ejército alemán; acorralados en la bolsa de Dunkerque en aquella derrota de los aliados, 400.000 soldados, entre ellos soldados republicanos españoles. Allí en Dunkerque Churchill organizó un plan de rescate, con barcos de todo tipo y logró evacuar a miles de hombres. Hubieron quienes murieron en los bombardeos y otros fueron internados en campos de concentración ingleses que fueron liberados por las presiones de J. Negrín y en su mayoría más tarde, formaron parte de las tropas de guerra de los aliados. Los españoles procedentes en su mayoría de de las compañías de trabajo se calcula que alrededor de 20000 cayeron en manos de los alemanes y posteriormente fueron deportados a los campos de concentración nazis de la misma manera que los judíos, dado que se consideraron apátridas, al no ser reconocidos por el gobierno ya de la España de Franco. Aquello fue el holocausto de los republicanos españoles.

Durante dos años conseguí cursar unos cursos en la escuela de comercio y obtuve el diploma de contable, esto me ayudó mucho más tarde pudiendo ejercer como tal. Acabé poco a poco integrándome en Francia a través de la cultura, leyendo de manera autodidacta lo que caía en mis manos. Leí a Anatole France, a Victor Hugo enamorado de la lengua española. También a Malraux y su juventud en la guerra civil española ayudando a la República. Leí su libro de la condición humana y sus ideas comunistas, para luego terminar su vida en las derechas pomposas y he perdido mi admiración por él. A Bernanos, escritor francés católico con su libro “Comentarios bajo la luna” y su tema de los asesinatos franquistas de heridos republicanos en los hospitales en Mallorca, cuando conquistaron la isla. La lectura no tendría fin y continuaría a lo largo de todo mi exilio durante la dictadura de Franco.

El 22 de junio de 1940 se firmó el armisticio entre Francia y Alemania. El mariscal Petain fue elevado a la jefatura del estado. La derrota francesa de mayo y junio de 1940 a causa de la gran ofensiva alemana, supuso interminables caravanas de refugiados que bajaban desde el norte de Francia. A Béziers llegaron parte de ellos. Los franceses ya empezaron a mirarnos con ojos distintos a aquellos de rojos expoliadores de iglesias tal como informaba el periódico de la derecha L’Eclair. Ahora el pueblo francés también sufría. Petain, el llamado salvador de Verdún en la primera guerra mundial, permitió a la Gestapo la captura de personalidades republicanas, entre ellas Lluis Companys que fue entregado a las autoridades franquistas y fusilado en Montjuich en octubre del 1940. También entregó 12000 judíos franceses a los alemanes. Los colaboradores de Vichy, durante la ocupación alemana interpretaban una marcha de música llamada “maréchal nous voilà” en honor al mariscal, y en los escaparates de los establecimientos se veía expuesta la foto del mariscal Petain, que hacía referencia histórica a la primera guerra mundial. En una visita que hizo Franco se produjo una redada extraordinaria. Menos mal que nos alertaron, recuerdo el séquito de coches pasando por Béziers, tal vez temían un atentado. La población estaba asustada. Muchos exiliados españoles fueron detenidos y no se supo nada de ellos, probablemente algunos sin documentación, serían deportados a los campos alemanes. El ambiente era de mucho miedo. Todos temíamos a lo que se conocía como la Gestapo. La policía francesa colaboraba de manera eficaz con ella, eran los colaboradores del régimen de Vichy.

En Béziers al igual que en diversos lugares de Francia los alemanes empezaron la caza abierta de los judíos de toda Francia, lo que llamábamos “razzias”. Muchos se ocultaban en casas particulares. La gendarmería nos detuvo a un amigo y a mí. Al hablar correctamente francés no se alarmaron, pero el susto quedó en mi memoria. No se lo dije a mi madre para no intranquilizarla. Yo ya dominaba el idioma aunque algunas palabras del argot francés me resultaban difíciles.

En este tiempo no habíamos tenido más noticias de mi padre, después más tarde supimos que había estado preso tres meses en Figueres. Intentaba cruzar la frontera de forma clandestina cuando lo atrapó la guardia civil. Salió pronto al no tener antecedentes políticos. Al año lo reintentó y consiguió pasar la frontera aunque con muchos sufrimientos. De los episodios más tristes de mi vida y que más me duele recordar fue la separación de mi familia.

En el mercado de Béziers había un rastro y en él se podían encontrar libros. Como eran baratos podía comprarlos, como he dicho anteriormente cuando empezaron mis lecturas me ayudó mucho en la integración de mi vida en Francia y en su cultura. Luego más tarde empecé con autores españoles, aquellos que tenían en la memoria los valencianos de Béziers. Para ellos solo existía Blasco Ibáñez. Me leí todos sus libros y los guardé en mi pequeña biblioteca, era un orgullo para mí. Sabía que murió en Mentón, que era republicano, laico. También leía a Azorín, el Quijote de Cervantes; este fue más difícil de conseguir, procedía de una biblioteca de misiones católicas españolas y lo pague a un precio caro. Era de la editorial Saturnino Calleja y alguien lo había devuelto; aún lo guardo. Años más tarde siempre en los rastros encontré discos de pasta con el himno de riego, el homenaje a Fermín Galán y García Hernández. Serían de los años de la República y fueron a parar a mis manos. Todo lo conservo como un tesoro.

Estábamos en guerra y la comida en Béziers escaseaba, existía “le merché noir” como en la España de la posguerra. En el año 1942 seguía viviendo en Béziers, Francia derrotada colabora con los alemanes. Los españoles diseminados, huídos de los campos, algunos de ellos comienzan a organizarse en “el maquis”, eran guerrilleros resistentes.

A finales del 1942 empieza a cambiar el signo de la guerra ante los reveses en el frente ruso, la derrota en el norte de África, los bombardeos en Alemania y los desembarcos. Los amigos franceses me hablan de Charles André de Gaulle y lamentan que no se haya ayudado a la República. Demasiado tarde. Mi madre tiene una amistad con una catalana francesa de Perpiñán. Su marido es agente de policía en la Comisaría. Mi madre buscaba una protección ante nuestra situación incómoda de no tener una documentación en regla, por los tiempos que pudieran avecinarse. El contexto era serio y así fue. Sabíamos que el gobierno de Petain había hecho un pacto con los alemanes. Según él para repatriar a los soldados franceses prisioneros en Alemania había que canjearlos por mano de obra barata para emplearlos en las fábricas de armamento alemán. A tal fin se creó el STO. ( Servicio de Trabajo Obligatorio). Esto suponía la obligatoriedad de prestar el servicio militar en Alemania y ayudarla en su lucha contra los aliados, el gobierno francés no tenía derecho a incorporar a sus jóvenes. Esta situación extrema hacía que todos pensaran en huir voluntarios y combatir en la resistencia, como se sabía a través de radio Londres y tal vez libres cuando se oía al general de Gaulle y los comunicados de guerra que se emitían por la noche. Si bien la información era toda una odisea. Se hablaba de la resistencia y de los maquis del sur de Francia. Se decía que los españoles participaban en ello con las FFL (Fuerzas Francesas Libres). Los maquis españoles actuaban cerca de los bosques y muchas ciudades fueron liberadas por ellos conjuntamente con los franceses.

En Béziers no existía la palabra resistencia. Lo que se sabía es que en la costa los alemanes habían instalado unas fortificaciones para defenderse en caso de desembarco de los aliados por aquellos lugares. Allí en el pueblo en sus campos de viñas no había lugar para esconderse los maquis y no eran posibles sus acciones de combate. La señora catalana francesa amiga de mi madre la llamó porque quería informarla de cuestiones personales. Mi madre alarmada acudió a su casa. Allí para su sorpresa estaba su marido también. Ella le explicó nuestra situación de refugiados. Nos informó de las órdenes de gobernación. Según ellas los refugiados podíamos solicitar expatriarnos en países latinoamericanos con el viaje gratuito. En mi caso al haber cumplido veinte años y siendo nacido en Francia podía nacionalizarme francés y de este modo regularizar mi situación. El problema era su consecuencia, ya que el servicio militar obligatorio había sido reemplazado por el STO. Ante aquella nueva situación inesperada para mí, mi madre se quedó sin aliento; aquello cambiaba nuestra vida en Francia. El dilema era volver a la España de Franco.

El año anterior de 1941 por las noticias recibida de mi padre y de los abuelos , nos comunicaba que había regresado a Almassora y estaba bien. Habían vuelto a sus casas y se las habían encontrado expoliadas de todos sus enseres. Les habían arrancado hasta los hilos de la electricidad. Imaginaban que al ver en ella el cuadro de la republicana con la balanza, el gorro frigio y su bandera, aquella alegoría les habría resultado una ofensa para aquellos legionarios franquistas. En cambio, si que obligaron a mi padre y a mi abuelo a trabajar como albañiles en la restauración de la iglesia del pueblo, deteriorada a causa de los bombardeos. Las cartas de mi padre no eran halagüeñas en cuanto a la situación, nos decía que nos quedáramos. Sin comida todo racionado y el miedo instalado ante la persecución de los llamados rojos; los sumarios militares y las ejecuciones diarias de las que estábamos enterados. Especialmente en nuestro pueblo de Almassora donde los vencedores se encarnizaban vengativamente sobre la población que quedaba de los vencidos. Las delaciones y las envidias personales se manifestaban por doquier.

Pero había que tomar una decisión pues corría el peligro de convertirme en un “réfractaire” (desertor). Por otra parte mi situación plantearía serios problemas para encontrar trabajo. Mi madre se sentía ya muy integrada y no le faltaba trabajo, pero ante esta situación decidió que volviéramos a España. Nos costaba asimilarlo, conocíamos la consigna de Franco sobre los que no tengan las manos manchadas de sangre. Aquel retorno se nos hacía espantoso, no conciliábamos el sueño. Rehacer las maletas, ir al Consulado que se hallaba en Sète a unos 35 kilómetros de Béziers. Asumir nuevamente la condición de refugiados ahora en España. Por otra parte los acontecimientos históricos en Francia habían empeorado. Las noticias provenientes de Londres eran importantes, reinaba el confusionismo, se deseaba la liberación de la Francia ocupada y se vivía entre rumores sobre un posible desembarco lo que supondría la guerra total. En 1942 se perseguía a los judíos y a los indocumentados. Abundaban los desertores, jóvenes que se escondían en otras ciudades, en masías. Los gendarmes y las milicias los buscaba, había escritos y avisos por todos los pueblos. También habían problemas de racionamiento de la alimentación, los alemanes se llevaban los alimentos de base y había un mercado negro importante. Vivíamos en una región de cosecha de vino, las legumbres y el ganado estaban en otras provincias. Yo trabajaba en una fábrica de calzado, su dueño era de Andorra, era un sitio seguro, estaba allí por consideración a mi madre, ella le hizo una verdadera dialéctica sobre nuestra situación. Me pagaba un bajo jornal porque no tenía autorización para trabajar.


4. Viaje a España


4.1 La represión

Volvimos a España. Paramos obligatoriamente en Portbou, allí nos hicieron pasar a la Comisaría de Policía donde nos interrogaron y nos registraron. En un bolsillo de la chaqueta llevaba un escudo de Béziers, al preguntarme les expliqué que era el escudo del Ayuntamiento de esta población. Me lo arrancaron violentamente, poco faltó para romperme la chaqueta. Por suerte no se dieron cuenta de la máquina de escribir que llevaba en la maleta. Más tarde serviría para escribir comunicados subversivos contra el régimen en nuestra organización clandestina por los pueblos de Castelló de la Plana. Fue mi primer objetivo al llegar, buscar relaciones con personas de izquierdas con las que poder contar para montar una resistencia. También conocía a los maquis ¡quien no!.

Mi vuelta a España era en el año 1942, tenía ventiún años y estaba lleno de vida, y de ansiedad que no de esperanza. Me escapaba de los alemanes y de su guerra pero jamás hubiera podido pensar lo que estaba pasando por aquellas tierras valencianas en Almassora, el pueblo de mi madre. Yo venía con mi mentalidad algo afrancesada y empecé a establecer amistad con los oriundos del pueblo, la mayoría adictos al sistema franquista, muchos de ellos falangistas. Cuando llegamos a Almassora, el franquismo era el protagonista de la ciudad. Por todas partes habían pintadas de Franco por las paredes, y del yugo y las flechas. Era un pueblo conquistado por los vencedores. También es verdad que al reunirnos con la familia tuvimos unos días felices. Luego nos fueron contando todo lo que había ocurrido. Como estaban las cárceles llenas de gente, las delaciones entre los vecinos, los juicios sumarísimos y los fusilamientos. La palabra que pronto aprendí fue ¿Cuántos hoy?, no sabía primero lo que significaba esto, se trataba de decir un número cuando las personas se cruzaban en la calle y se conocían. Los fusilaban en Castelló junto al “Riu Sec”. Allí eran llevados con un camión hasta el cementerio civil, donde mi mujer sabe bien donde está la fosa. Ella intentó sacar de allí a un familiar para darle sepultura en su pueblo y la guardia civil les alejó sin el menor respeto dejándoles en el mayor desamparo a toda la familia. Se vivía con el terror y en el silencio. Mi padre y mis abuelos decían que no había que hablar de política sino callar y olvidar. Nada en contra de Franco y no fiarse de nadie, además los falangistas abundaban por doquier. Me acerqué al casino, enseguida me preguntaron sino estaba en la falange porque había que ayudar y ser camisa azul. Aquel mundo no era el mío, sentí que me trastornaría si seguía allí. Fui al cónsul francés para ver la manera de ir voluntario a las fuerzas libres, fui atrevido aunque el cónsul no me hizo caso, era colaborador del régimen pero no me delató.

Vivíamos en un barrio humilde de trabajadores, jubilados en unas casas con alquileres gestionadas por las autoridades católicas que se llamaban “El Poblet”. La mía estaba cerca del cuartel de la guardia civil, era mejor porque era de construcción privada y éramos propietarios. Fuimos privilegiados en este aspecto. Alguna persona del cuartel nos oiría por la noche porque mi madre tenía el único aparato de radio en el barrio y escuchaba junto con otros vecinos que acudían allí la emisora radio España Independiente más conocida como “La Pirenaica”, así se lo manifestó el sargento de la guardia civil. Le amenazó confiscar el aparato si continuaba con esas reuniones, porque eran reuniones ilegales y subversivas que no tiene otro objeto que delinquir, eran reuniones de comunistas contra el Estado Español. Se asustó mucho, conocía a este personaje de años atrás como cliente de un café que ella regentaba. Esto fue una advertencia para a partir de entonces ir con sumo cuidado. Todos estos acontecimientos significaban que estábamos fichados por la guardia civil del pueblo. El día del desembarco de los aliados en Francia al tener información de radio Londres me fui rápidamente con la bicicleta a informar a mis amigos del acontecimiento.

En el pueblo de Almassora los anarquistas sufrieron una persecución atroz. Muchos fueron asesinados sin juicio. Estos hechos quebraron la moral del pueblo. Las delaciones y denuncias creaban un clima de terror. La ley de responsabilidades políticas desposeyó a las personas de los títulos académicos, así fue el caso de un compañero de lucha Domingo Barreda, que ya no pudo ejercer de maestro de escuela. No se podía ni ir a Valencia sin un salvoconducto de la guardia civil o de la falange. Era la caza del rojo.

Mientras, yo seguía las noticias de la guerra europea. Las noticias sobre los aliados hablaban de su retroceso en todos los frentes, los alemanes y los italianos eran los vencedores y los aliados los perdedores. Estaba la famosa División Azul que algunos conocíamos en el pueblo porque se habían ido voluntarios, en ocasiones persona que estaban en el paro y muchos de ellos ya se quedaron allí. Aquello fue una manera de contribuir al Eje. Franco tenía puestos los ojos en el Marruecos francés tal como lo expresó en la reunión habida en Hendaya, pero “el Führer” optó por darle trenes de mercancías, cargados de tungsteno para armamento de guerra y voluntarios para el frente del este.

Esta era la nueva situación. Las procesiones por las calles con las autoridades, y a su paso había que levantar el brazo como el saludo nazi, de lo contrario la multa era de 5 duros, mucho dinero teniendo en cuenta las bajas cantidades de los jornales. La posguerra fue terrible, la gente estaba desesperada por la carencia de alimentos y la mortalidad por la tuberculosis. Todo estaba supeditado al generalísimo, y no olvidemos la prensa. Aquella paz de los cementerios y la inauguración de pantanos. En el “Riu Sec” se fusilaba todos los días, era la eliminación de aquellos rojos que estaban al lado de la República. No había casa de la población humilde donde no hubieran víctimas. En vano se esperaban palabras de esperanza que pudieran cambiar la situación de miseria y terror. Había que hacer algo, pensábamos que Franco no podía durar, los aliados nos liberarían de los dictadores. Cuando me enteraba de que alguien salía de la cárcel iba a levantarle la moral y le daba noticias de cómo los aliados más pronto o más tarde vencerían ; Franco no podría durar mucho.

4.2 Resistencia clandestina

Empecé a tener amigos que más tarde fueron compañeros, algunos ya eran mayores y habían sido soldados defensores de la República, unos comunistas otros anarquistas, yo con mi entusiasmo, ellos expresaban sus miedos. Entramos en contacto con otros grupos de Borriana. Había que preparar un movimiento clandestino. Con unos amigos míos, Domingo Barreda, Ramón Renau y Rafael Martinez empezamos a movilizarnos. Mi máquina de escribir empezó a funcionar y funcionó mucho, panfletos y más panfletos.. Nuestra lucha empezó repartiendo propaganda que recibíamos del Partido Comunista. Por la noche distribuíamos la propaganda por debajo de las puertas de las casas, animando a los ciudadanos a no resignarse a aquella España con las cárceles llenas de inocentes. Fue una actividad intensa con mucho peligro; insensatos no sabíamos las consecuencias de donde nos metíamos. Me sentía dos veces exiliado, tenía dos tierras y raíces en las dos.

En aquellos panfletos se amenazaba a los componentes del Ayuntamiento y a la guardia civil, los teníamos siempre asustados. Domingo era diplomado en magisterio y estaba empleado en el sindicato vertical, vestido con su camisa azul parecía un falangista. Era una buena estrategia y era uno de los distribuidores de la propaganda antifranquista. No sabía lo que era el miedo. Solo él sabía quien le entregaba los panfletos, los llevábamos en la bicicleta envuelta en periódicos. Aunque éramos clandestinos y intentábamos ser anónimos, no podía ser así pues habíamos hecho entregas con la cara descubierta. No pensábamos tanto en el peligro, quizás éramos algo inconscientes…no sé…. Mi máquina de escribir fue a parar a unos compañeros de Borriana y ya no volví a verla, lo sentí pues le tenía especial cariño. Yo podía ser sospechoso, aunque mi tertulia en el casino con los adictos al régimen despistaba, las conversaciones anodinas, siempre iba con mucho cuidado. Me empleé de conserje en la Casa de Socorro de Castelló de la Plana que dependía del Ayuntamiento. Allí como ambulatorio de urgencias hacía guardias de ocho horas lo que me permitió relacionarme con el personal médico. Esto me valió posteriormente, pues gracias a un médico forense de la guardia civil salí bien parado de una difícil situación. Había entablado con él una relación de amistad, a partir de nuestras partidas de ajedrez para matar el tiempo durante las horas de guardia.

Mis compañeros y yo sabíamos que en una cantera cerca de Benicàssim había un polvorín y queríamos buscar el momento propicio para robarlo. Yo, como vivía cerca del cuartel de la guardia civil en la calle S. Felipe, era el encargado de hacer los planos. Estábamos enterados de que no habían presos porque los habían trasladado a Castelló. Me presté voluntario para explorar la cantera y el polvorín. Era verano y me fui con la bicicleta en pleno día, tenía miedo. Había que ir campo a traviesa y con la bici, sin sendas entre naranjos y algarrobos tenía que orientarme, siempre esquivando las carreteras. Al poco rato oí una explosión que me asustó aún más de lo que ya estaba. Si me arrestaban tenía que decir que iba a buscar trabajo. Al final, sudando, llegué a un lugar desde donde pude ver los trabajos; un camión cargado, unos trabajadores , y no muy lejos una casuchas o depósitos para guardar las herramientas. Por lo menos había sabido llegar al lugar. Luego por la noche volveríamos para explorarlo mejor y pensar como asaltarlo. Llevaríamos lámparas y unas sierras de metales porque ya estaría cerrado con alguna cadena. Habría un guardia de vigilancia, eso me preocupaba. No pude distinguir desde allí ningún guardia civil. Nos volvimos a reunir para discutir el proyecto. Sabíamos que la empresa que abastecía el material explosivo se llamaba ETS Dols . Las informaciones que les traje sobre el lugar les parecían insuficientes, aunque valoraron el haber sabido llegar hasta él. Habría que volver por la noche y comprobar la guardia que pudiera haber, si era guardia civil o de campo, si tendría alguna arma reglamentaria. Discutimos mucho la cuestión.

Nosotros no teníamos arma alguna. Pensamos que habrían guerrilleros en la provincia y quizás podríamos contactar con ellos y nos podrían ayudar. Eran los maquis de Levante y Aragón. Domingo era el responsable jefe y confiábamos en él. Pasaban los días y no teníamos información. No era fácil, los maquis estaban por el Maestrazgo y Teruel y teníamos información de como caían abatidos por la guardia civil en la Sierra de Espadán. El grupo clandestino que organizamos y sus actividades duró seis años.

Aquel grupo nuestro clandestino que preparamos me parece ahora algo extraordinario, casi como propio de una película de cine. Habíamos proyectado acciones que jamás podrían realizarse ya que nos hubieran encarcelado. Nos contentábamos con repartir la propaganda política por Castelló de la Plana y sus pueblos. La llevábamos en el portamaletas de la bicicleta mi compañero y yo. Él tan tranquilo mientras su esposa impartía clases en una academia de Castellón. Yo me había casado en el año 1945 con una bonita y maravillosa mujer, de las más guapas del pueblo y roja tal como me lo decían aquel colectivo de amigos franquistas del casino. Aún me entusiasmé más. Ella procedía de aquellas familias delatadas por el vecindario y sus padres habían sido separados y encarcelados en las cárceles de Borriana y Castelló. Con su hermana siendo unas niñas iban a visitarlos y a llevarles comida andando, pero esto es otra historia.

El tiempo fue pasando y el año 1948 nació mi primera hija y ello me complicó la situación personal. Casado y con una niña, mi mujer enterada de mis salidas nocturnas y de mis reuniones, me avisaba de lo que pudiera ocurrirme; allí ante mi, ella y la niña en sus brazos.

La guerra europea acababa y mi madre abierta la frontera después de permanecer cerrada por la condena y boicot económico de las naciones a España, decidió volver a Francia. El presidente Eisenhower ante la guerra fría con la URSS optó por tener aliado a Franco ya que España podía ser una buena plataforma en caso de guerra. De esta manera el régimen fue reconocido y con ello expoliada la esperanza de miles de hombres y mujeres, que en su día la habían depositado esperando un futuro para aquella República, con la utopía del sueño de un mundo mejor. Era devastador, suponía la pérdida de aquella esperanza de recuperación de la República y el retorno de los exiliados; de aquel gobierno que se mantenía de forma provisional en el exilio que no terminaba nunca.

Francia tenía una deuda con los extranjeros que le habían ayudado para conseguir su liberación. Extranjeros de renombre y otros anónimos junto con los franceses, organizaron redes de solidaridad para los republicanos exiliados en Francia También para ayudar a los resistentes españoles comunistas, anarquistas y socialistas a proseguir su lucha por la libertad y aun más, con los que por testimoniar esta solidaridad de manera más activa en España fueron detenidos y encarcelados en las prisiones franquistas.

Me llamaron al cuartel de la guardia civil de Almassora. El sargento me acusó de malas relaciones y me amenazaba que lo iba a pagar caro; estaba denunciado por rojo pero no tenían más información. Les dije que llamaran al cuartel de la guardia civil de Castellón donde sabía que por las mañanas trabajaba el doctor A. Villanueva ,mi compañero de ajedrez, y que pidieran informes míos a ese señor. Así fue y gracias a ello la cosa ya no fue a más. Me dejaron salir y descansamos todos del susto. Mi esposa me recriminó y tenía razón. La cosa era seria, la persecución continuaba y podían encarcelarme para años fácilmente. Era la policía política.

En el año 1949 fue el fracaso de nuestra organización. No supimos como, tal vez por la traición de uno de nuestros compañeros del grupo clandestino, teníamos la brigada político social encima. Tres compañeros míos fueron arrestados. Otro compañero vino a mi casa, yo estaba en el trabajo, y le dijo a mi esposa que nos teníamos que escapar rápidamente porque la policía iba a detenernos. A Domingo Barreda se lo llevaron a Valencia y lo encarcelaron en S. Miguel de los Reyes durante tres años, con otro compañero del pueblo recién casado cuyo nombre no recuerdo.

Gracias a que no nos delataron no caímos todos. Mi compañero Ramón Renau fue avisado a tiempo por mi esposa y pudo escaparse. Vive en América en la Guayana francesa y he tenido ocasión de volver a verlo. En uno de sus viajes me obsequió con una piel de boa. En aquellas tierras se dedicó a la caza de cocodrilos para la venta de pieles. Allí vive casado con una brasileña y allí acabará sus días. En cuanto a mi, unos amigos me recogieron en una casa del pueblo donde estuve unos días. Mi mujer venía a verme todos los días y a traerme comida. Decidí huir a Valencia a casa de mis tíos durante un tiempo. Mi esposa me pediría una baja por enfermedad para justificar mi ausencia laboral. El miedo a la detención, la tortura y a delatar a mis compañeros era importante. Tenía que seguir escondido esperando información sobre los acontecimientos. Después de tres semanas y ante el silencio sin novedad me atreví a volver a casa, y al trabajo. Mi ausencia de casa sin ver a mi niña y a mi esposa, era muy fuerte para mí y no tuve el coraje de escaparme nuevamente como habían hecho mis compañeros. Con una alegría que no se puede ni imaginar regresaba a mi hogar. Fueron unos días felices después del susto que tenía a mis espaldas. Sentí que en aquellas tierras ya nunca podría quitarme el miedo de encima y algo tendría que hacer. Ya tenía antecedentes por la amenaza que había recibido del sargento de la guardia civil. Estaba fichado y tarde o temprano caería en sus manos. Luego la escapada tenía que ser a Francia como mis compañeros.

Pasaporte de Joaquín Varea, 1942.

Tuve información por correo de que mi padre logró nuevamente pasar los Pirineos a pie para reunirse con su esposa. Pero pasó por el País Vasco lo que le alejaba del lugar donde estaba mi madre justo en el lado opuesto. Él estaba en una ciudad del Pirineo francés muy hermosa por cierto, llamada Saint Jean de Luz. Un nuevo correo nos comunica que estaba hospitalizado muy enfermo. Esta mala noticia agudizó mi problema y tuve que acudir nuevamente al doctor A. Villanueva. Él me dijo que solicitara al director del hospital un certificado en el que informara de la gravedad de mi padre y dos fotos y ya se encargaría él de hacer lo necesario. Con esta documentación y con su ayuda pudo obtener un pasaporte para mí, mi esposa y mi hija. Esta fue la gran suerte de mi vida, tener un pasaporte. De esta manera salimos con suerte hacia un nuevo exilio que ya duraría casi toda mi vida. Pedí desde Francia la excedencia en el Ayuntamiento de Castelló de la Plana sin darles fecha, y con el tiempo perdí el empleo, pero tuve la felicidad de hallarme fuera de peligro y estar de nuevo ahora con mi familia en la ciudad de Béziers. Lo heroico de mis compañeros encarcelados es que nunca me delataron.


5. El largo exilio


Me instalé nuevamente en Béziers en esta mi segunda huída a Francia aquel año del 1949. Mi madre nos acogió en su casa. Tenía que encontrar trabajo, ya que se trataba de empezar de nuevo. Me aconsejaron ir a Toulouse porque allí podría trabajar de contable. Yo había estudiado unos cursos para ello y ahora podría ejercer. Así fue como al fin me coloqué y nos trasladamos a vivir a Toulouse donde pasaría ya el resto de mi exilio.

5.1 Mi vida en Toulouse. La década de los cincuenta

Corrían los años cincuenta , no puedo obviar mis vivencias en aquella casa de la “rue Taur nº 69” donde teníamos las reuniones en el local del PSOE. Allí nos encontrábamos los amigos, y vecinos de casa. Éramos todos republicanos exiliados. Íbamos en busca del periódico “El Socialista” y también a pagar las cuotas y poner al día el carnet. Solía ser en domingo y a escasos metros estaba el mercadillo de S. Saturnino junto a la famosa catedral de Saint Sernín. De mis encuentros con el partido en aquel lugar recuerdo la información en el tablero, las reuniones y asambleas alrededor de los acontecimientos políticos que se sucedían. Los congresos se realizaban en Toulouse por ser esta ciudad el centro político socialista, e impuso su peso político sobre la elección del gobierno republicano en el exilio. Consultado el grupo parlamentario socialista exiliado en México en 1945 se había designado a Rodolfo Llopis y a Pascual Tomás secretarios del PSOE y la UGT respectivamente. Rodolfo Llopis dirigió los destinos del PSOE en el exilio durante casi tres décadas, hasta que en el famoso congreso de “Suresnes” en 1977 fue desplazado por un joven abogado sevillano llamado Felipe González, fracasando como dirigente del llamado partido socialista histórico. Tuve la ocasión de estrechar la mano,” la poignée de main” de Rodolfo Llopis. Era valenciano natural de Callosa d’En Sarrià y vivía en su casa de Albi en Tarn. Estaba casado con Georgette una profesora francesa. Había llegado a ocupar la Dirección General de Enseñanza Primaria en la II República y la presidencia del Consejo del Gobierno de la República en el exilio.

Esta ruptura con la escisión de los renovadores tuvo un gran impacto en los socialistas de Toulouse. Aquello nos produjo un gran desasosiego como exiliados que con dignidad y coraje habíamos mantenido la memoria de todos los republicanos en Francia. Quedamos los que nos llamaríamos los ortodoxos. El partido socialista de Felipe González se convirtió en el partido socialista de la monarquía. Había perdido sus raíces, su cultura obrera. La ruptura del partido socialista en el exilio, creó un conflicto entre generaciones y una larga agonía para la persona de Rodolfo Llopis. Lo esencial para él, era devolver a España la instituciones democráticas para asegurar la libertad de sus conciudadanos. Era un intelectual con un fuerte carisma, un hombre de combate político siempre rodeado de políticos intelectuales. Yo no era más que un afiliado anónimo. Nosotros creíamos en las raíces del partido, en su cultura obrera en torno a aquellas figuras ilustres del socialismo español como Pablo Iglesias, Largo Caballero, Julián Besteiro, e Indalecio Prieto. El 21 de julio de 1983 murió Rodolfo Llopis, yo no me enteré de ello, de lo contrario habría asistido a su funeral. Abandonados por los socialistas de Mitterrand ya no teníamos local para reunirnos, ya que el que existía era de los renovados. Así nos íbamos disolviendo poco a poco, quedaban nuestras amistades.

De entre ellas recuerdo a un compañero llamado Francisco Cobo y su hermano, médicos de profesión habían cursado sus estudios en Francia, ellos si que tenían superada la barrera idiomática. Un gran amigo mío fue Cosme Carreira, un héroe de la resistencia francesa. Había sido capitán de corbeta, exiliado en Orán con su fragata, tuvo que entregarla a las autoridades francesas. Cuando desembarcaron los aliados en África del norte se puso a la disposición de las fuerzas de liberación. Oficial de carrera de Cartagena, le ofrecieron una misión en España de espionaje, que me siento obligado a relatar. Tenía un libro que se publicó sobre esta odisea y lamento haberlo extraviado, lo que me impide poder dar información más detallada de aquellos acontecimientos gloriosos de la segunda guerra mundial. A las órdenes del cuartel general de los aliados en Orán, le dieron la misión de vigilar el Mediterráneo, con una flotilla de barcas de pesca de españoles, sufragadas por dólares americanos. Tenían que vigilar e informar, llevando para ello un equipo de transmisión de mensajes cifrados al cuartel general y dirigir esta información a los barcos nodriza con su base logística en Cartagena. Se trataba de como se aprovisionaban de petróleo los submarinos alemanes en aguas territoriales españolas. Como colaboraba el régimen franquista con las fuerzas del Eje que derribaban con los torpedos la flota de los aliados en los desembarcos. Los aviones de la RAF teniendo información del cuartel general de Orán por mi amigo Carreira, localizaban el lugar para bombardearlos. Fue una manera eficaz para destruirlos, ya que tanto daño hacían en los desembarcos de los aliados en las costas del mediterráneo. Las misiones se sucedieron cerca de las playas de Barcelona, donde a su vez los submarinos aliados desembarcaban personajes militares para ayudar a la resistencia francesa, pasando por los Pirineos, lo que también era otra odisea, ya que la guardia civil de la costa vigilaba intensamente aquellos lugares. Mi amigo Cosme fue condecorado por De Gaulle y nacionalizado francés hizo carrera en el cuerpo diplomático de las embajadas francesas en el extranjero. Retirado en Hendaya, cerca de su querida España, en una de mis visitas tuve la desgracia de verlo fallecer, amortajarlo con pena y hacerle un entierro civil tal como lo deseaba.¡ Aquello fue atroz para mi!. Fuimos grandes amigos y su recuerdo mi entristece. Aquellos buenos ratos, siempre con buen humor y alegría; le gustaba cantar y fue un excelente republicano nacido en tierras de Pablo Iglesias. Así perdí uno de mis más grandes amigos ,con una humildad y simpatía fuera de lugar. Fue también el padrino de una de mis hijas. En el año 1952 nació mi segunda hija.

En Toulouse al llegar vivimos en una casa donde nos amontonábamos varias familias disponiendo solo de un servicio para todos. Buscábamos siempre el ambiente españolista. Íbamos al cine “Espoir” a ver películas españolas como las de Joselito. Era solo la ilusión con tal de ver algo de nuestra tierra.

Después de vivir tantos años, alrededor de nueve, en aquella vivienda donde tantos éramos fuimos a vivir a un apartamento más grande muy antiguo. Yo seguía con mi trabajo de contable en un establecimiento regentado por judíos. Me consideraban como un sefardita y tuve que asistir a alguna de sus ceremonias en la sinagoga que había en Toulouse. Compré libros de la historia de Israel para saber más de ellos, ya que eran políglotas y muy intelectuales. Trabajé enormemente en los libros de contabilidad, por la noche me los llevaba a casa, ya que durante el día no habían bastantes horas. El negocio constaba de cinco camiones para la venta ambulante por los mercados de ropa y confección; los empleados sustraían el género y para mi era una complicación no delatarlos y esto me causó problemas en la contabilidad. Años más tarde la empresa quebró. Este empleo de contable me gustaba mucho, era lo mío. Con él se habían acabado los trabajos físicos que tan poco me gustaban. Lo malo es que me di cuenta de que no me declaraban a la seguridad social, ya que tenían unos seguros privados. No podía continuar así a pesar de que me fue de gran utilidad cuando mi esposa se tuvo que hacer la primera intervención de corazón. Pero fue un chantaje por parte de los seguros privados y poco faltó para que fuéramos a juicio. Al final consideraron que estaba suficiente tiempo asegurado para cubrir la operación y llegamos a un acuerdo, no obstante tenía que estar asegurado de diferente manera para mi tranquilidad y la de mi familia. Cuando la empresa quebró otra vez me encontré sin trabajo y no podía seguir así porque más tarde lo necesitaría para la pensión de mi retiro en la vejez.

Durante el año 1952 fue cuando tuve la sorpresa de encontrarme paseando por Béziers en “allée Paul Riquet” a mi tío el anarquista, nos reconocimos y fue una gran alegría después de todo. Éramos los dos exiliados por la misma causa, la de haber perdido la guerra y haber podido escapar de la represión franquista. Discutimos por todo aquel pasado. Le dije que aquellos acontecimientos y aquellas muertes no habían servido para nada. Él no estuvo de acuerdo conmigo. Según él había que acabar con el poder de la Iglesia porque con la Inquisición y sus hogueras nos habían perseguido con su crueldad durante años. Tenía muchos argumentos a su favor, pero yo tenía el mío. Le dije que aquellos acontecimientos le hicieron un flaco favor a la República, además nos dio una reputación en toda Europa y América de haber sido unos rojos malignos. Que recordara que nuestro presidente Manuel Azaña separó la Iglesia del Estado. Era un agnóstico que no hizo bandera de ello, un laico radical que no logró prohibir todas las órdenes religiosas, solo limitó la acción de la enseñanza. En todo caso teníamos suerte de estar vivos, y tener trabajo mientras en España se fusilaba a los nuestros y la situación de Almassora con sus venganzas y las delaciones de los católicos y adictos al régimen sin ninguna piedad.

5.2 Agitación de los años sesenta

En el verano de 1963 seguíamos por radio y prensa francesa los acontecimientos que pasaban en España. Sabíamos de la detención de dos anarquistas Francisco Granados y Joaquín Delgado, este último venía de Francia. Fueron sentenciados a muerte y ejecutados a garrote vil por un delito que no cometieron, tal como se demostraría en 1996 cuando se supo de los verdaderos responsables. Les condenaron como autores de la colocación de sendas bombas en la Dirección General de la Seguridad de la policía en Madrid. En Toulouse las organizaciones sindicalistas francesas y los partidos políticos como el PSOE, la CNT y el Partido Comunista hicieron una manifestación colosal contra la Dictadura de Franco. Lo recuerdo bien, eran las 6 de la tarde y estaba en la Plaza de Saint Étienne, muy cerca, a escasos trescientos metros del consulado español. Éramos jóvenes exaltados, lo propio de la situación de aquellos tiempos. Nos habíamos repartido botellas de cerveza con gasolina tipo “cocktail molotov” con el fin de incendiar el consulado español. Policías de paisano nos identificaron y llamaron a grandes refuerzos de guardias móviles y nos acorralaron. Hubo estampidas de compañeros unos por encima de otros, huyendo para no ser arrestados “sauve qui peut” por aquellas callejuelas, aquel ruido de patadas lo conservo en el oído. Perdí un zapato y no tuve más remedio que correr descalzo de mala manera. La cuestión es que conseguí que la policía no me detuviera. La bronca de mi esposa fue también hermosa pero esto no me impidió asistir a las numerosas manifestaciones como aquella de cuando el consejo de Burgos. Los sindicatos franceses nos apoyaban, la CGT, CFDT, la FEN, era una movilización continua que nos tenía siempre alerta, y el exilio de los españoles estaba siempre presente en todas las manifestaciones. La prensa “L’Humanité, La Dépêche” y muchas otras estaban de nuestro lado, era la esperanza por la condenación unánime de Francia a estos asesinatos del régimen franquista.

5.3 El recuerdo de Azaña

También quiero recordar aquellas conmemoraciones de la fecha del 3 de noviembre del 1940 del aniversario de la muerte de Manuel Azaña. Nos encontrábamos en el cementerio de Montauban donde esta fecha era un evento histórico. Había fallecido en el Hotel “du Midi”. Con él perdimos a la persona clave más importante del siglo XX por su trayectoria política en nuestra historia. Perseguido por la Gestapo en Francia, los agentes franquistas pretendían raptarlo y traerlo a España. El artícife de este proyecto supimos más tarde que fue Beltrán Manrique actualmente hijo predilecto del pueblo de Almassora y que en aquellos tiempos era cónsul español en Burdeos. El dirigió los planes a su querido tío Mario Pines ministro consejero de la Embajada Española en París. Pero llegaron tarde porque Manuel Azaña falleció antes. No había olvido, eso lo sabíamos los diferentes partidos en el exilio allí en Toulouse. Solo a pocos kilómetros de la ciudad se encontraba Montauban. Allí en su cementerio nos encontrábamos todos los años. Éramos numerosos, algunos procedían de otras ciudades. Este homenaje de imperativo moral animaba a recordar la imagen de aquel presidente exiliado como todos nosotros.. También recuerdo un coloquio en la ciudad de Montauban ya en los años noventa poco antes de mi regreso definitivo a España. Duró tres días y lo patrocinaba la casa Velásquez y la Universidad de Toulouse bajo los auspicios del ministro de educación francés Jospin y el ministro de cultura español Jorge Semprún. Entre los numerosos conferenciantes el que estuvo brillantísimo fue Santos Juliá. Se almorzaba en el”hotel du Midi”. La conferencia sobre Azaña fue un homenaje a su persona. Nosotros los olvidados no podíamos olvidar a nuestro presidente.

5.4 El final del exilio

Tras perder mi empleo de contable fui a parar a una empresa de pinturas. Así iba pasando el tiempo hasta que nos encontramos con la muerte del Franco. Aquello nos dio esperanza a todos los exiliados. Pensamos que nuestras vidas podrían cambiar y tal vez volver a España. Era ya demasiado tarde y la mayoría ya era muy mayor. Por otra parte había que asegurarse de que aquello fuera una realidad y no solo una ilusión. Las informaciones que teníamos sobre la transición de parte de algunos españoles no eran halagüeñas. Había mucho paro y una seudo democracia. Rehacer nuevamente la vida era difícil, nos sentíamos proscritos ya sin ilusión. Aquella República que soñamos se había esfumado. Sentíamos toda una pesadilla de lamentaciones que teníamos que olvidar. Nuestro retorno ya no era igual, teníamos que sobrevivir, tal vez esperar y siempre extranjeros en todos los lugares tal como la novela “El Extranjero” de A. Camus.

Mi regreso a España al fin, fue en el mes de febrero del 1996. En el mes de noviembre del 1995 tuve la desgracia de perder a mi esposa aquejada ya tiempo de una dolencia cardiaca de la que fue operada en París durante nuestra vida en Toulouse.

Joaquin Varea, a la dreta, saluda als seus companys de l’Associació republicana González Chermà en un acte d’homenatge que li va retre el Grup per la Recerca de la Memòria Històrica el juny del 2013. Foto: Grup per la Recerca.

Siento como el olvido ha sepultado nuestro pasado histórico y nosotros los que quedamos ya somos pocos. Fuimos niños de la guerra y como republicanos hacemos un llamamiento a la conciencia crítica de los ciudadanos, cualquiera que sea su forma de pensar, exigiendo democráticamente la reparación de la memoria de todas las víctimas del franquismo, y la condena de aquel régimen. Esta es mi causa y mi lucha. Desde mi regreso a este país, ya muy entrado en años, me he mantenido y me mantengo activo. Pero esa es otra parte de mi vida; el regreso de mi largo exilio. Doy testimonio de que me siento tan republicano como durante toda mi vida.

Los viejos exiliados , en nuestro retorno nos encontramos con una Constitución del 1978. Para mi no representa un valor en tanto que no pudimos recuperar el régimen republicano elegido en las urnas, aquel año de 1931 y derribado por la fuerza bruta. Tampoco recuperamos el estado aconfesional, y presenciamos las procesiones religiosas presididas por las máximas autoridades locales y por las figuras políticas. La transición fue un desencanto y nos hace vivir distorsionados de la historia. La juventud ha carecido de información histórica sobre la II República, solo ha recibido el mensaje de propaganda dada por la Dictadura franquista, de tergiversación y de silencio. Algunos colectivos reaccionan y alzan banderas republicanas en manifestaciones. Para nosotros los republicanos históricos que vivimos la larga noche de la opresión y el silencio, es esta una luz de lealtad y esperanza, de aquellos principios por los que lucharon y murieron tantas personas.

Estira del fil…

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